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41 kilos…

Esta vez no fue la balanza del peso, ni los kilos que traté de perder haciendo estrictos regímenes de alimentación y ejercicio. Tampoco es el peso de una mascota o la cantidad de cemento que se necesitan para hacer una pared:  41 kilos es el peso de mis recuerdos, sueños y esperanzas dentro de dos maletas sin retorno a largo plazo.

Dos maletas que llené con aparentes cosas materiales, pero que llevaban una carga emocional mucho más significativa: ropa, zapatos, bisutería, medias que fueron escogidas con previo análisis del uso que se les daría. Cada cosa incluía el  recuerdo de quien lo regaló, donde se compró o cómo llegó a tu camino para formar parte de tus vivencias. Los regalos de despedida más preciados y la tecnología que atesoraba aquellos recuerdos en fotos, canciones y videos, también venían incluidos en el equipaje.

Todos esos recuerdos compactados y organizados en pequeñas cajas con ruedas, recorrieron los lienzos del Maestro Cruz- Diez y se pararon junto a mí en el mostrador de la aerolínea venezolana para iniciar la aventura con primera parada en el Aeropuerto de El Dorado – Bogotá. Una vez en el mostrador, giré la mirada hacía mis padres para darme cuenta de la importancia de los 41 kilos. No era la ropa, los zapatos, las medias o la bisutería: era lo único que me quedaría en otro país y que representaban hermosos recuerdos.

Una vez iniciado el proceso de chequeo, me notificaron que sólo podría llevar una maleta de 20 Kg. Me desvanecía al tratar de pensar lo que dejaría y lo que me llevaría. Al final, llegó la solución: esperar que las personas que aguardaban en la línea se chequearan para saber si podría llegar a mi destino con lo que representaba los recuerdos más preciados. Faltaban 20 minutos para abordar y la desesperación se hizo presente. Correr, saltar y llorar fueron algunas de las opciones que se paseaban por mi cabeza, mientras la señora que me atendía iba y venía una y otra vez. No sé qué tanto preguntaba:  en un ir y venir se acercó para notificarme que sí podría llevar las dos maletas conmigo.

Luego corrí a la puerta que ha sido testigo de tantas separaciones, la que tendría mucho que contar si hablara, la puerta que lleva al chequeo desesperado y hasta grotesco de los Guardias Nacionales.  Una vez en la cola, no dejaba de recordar la última mirada que tuve de mis padres al pasar esa puerta y cerrarse frente a mí. Lágrimas más lágrimas menos, se fortaleció mi alma al ver al Guardia Nacional dando las indicaciones para revisar el equipaje de mano.  Al lograr pasar ese amargo momento, me conseguí el ventanal donde te espera la aeronave de los sueños, acompañada de un cielo azul abierto y brillante.

Una vez a bordo, empecé a pensar en mis 41 kilos y el deseo profundo de que llegaran sanos y salvos. Mil cosas puedes pensar en ese momento, más aún cuando no confías en la aerolínea venezolana, pero no te queda otra opción. La situación de las aerolíneas en Venezuela ya estaba decayendo y muchas habían retirado sus múltiples viajes a México o a otros países para hacer conexión. Es así  que decides continuar y encomendarte a todos los santos.

Bogotá me recibió con un aire diferente. Lo sentí desde que pasé por el chequeo de la migra. La amabilidad y cordialidad de los Guardias es único y tiende a confundirte, tanto que de verdad llegas a creer que no son militares. A pesar de esto, mi cabeza seguía pensando en mis 41 kilos. El recorrido hasta la banda de equipaje me pareció eterno, pero con final feliz y relajante. Mis dos maletas estaban completas y en buen estado. Mi siguiente paso era lograr llegar con 41 kilos y sola hasta el chequeo del siguiente transporte que me llevaría al destino final: Ciudad de México.

No  tenía pesos colombianos para rentar un carrito, así que monté mis bolsas de mano encima de las dos maletas y empecé a caminar tratando de mantener junta aquella montaña de recuerdos y emociones.  Caminé por pasillos largos hasta llegar a un ascensor. Logré descansar algunos minutos durante el viaje de ascenso al segundo piso del aeropuerto. No fue fácil, pues en la puerta del elevador se me quedaron atoradas las ruedas del equipaje y cayeron de medio lado no una vez, sino dos veces. En el segundo piso, seguí empujando hasta llegar a una larga zona de chequeo que fue mi espacio de distracción por 6 horas. Volteé a los lados y no había ni un solo asiento, lo que hizo que utilizara las maletas de apoyo por todo ese tiempo.

Mientras transcurrían los minutos, vi pasar mucha gente: pilotos, aeromozas, familias, niños, ancianos, jóvenes. Pensaba una y otra vez en mi vida en México. Empecé a idear estrategias para el cambio de clima, la búsqueda de trabajo, mi matrimonio. De repente, todos esos 41 kilos se convirtieron en sueños, idealizar la nueva vida y cómo adaptar lo que traía. Pensar en la posibilidad de tener nuevas experiencias  acompañada de mis  41 kilos.

En el  Aeropuerto Internacional Benito Juárez, el alivio me invadió por completo. La ayuda estaba del otro lado de la puerta de la Aduana, esta vez sin despedidas o tristezas.  Un imprevisto previo retrasó mi llegada final, pues la sandalia decidió reventarse y tuve que caminar semi descalza medio aeropuerto.  Mis 41 kilos estaban ahí, lleno de zapatos y yo sin poder abrirlos. Sin embargo no le di importancia, porque había llegado a mi destino con mis 41 kilos de esperanzas en vivir nuevos momentos  y formar parte de un nuevo estilo de vida.

Al fin de cuentas, los 41 kilos que decidí llevarme a México son el final y el comienzo de dos ciclos en mi vida.

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